A pesar de que el fenómeno de El Niño actual se perfila como uno de los más intensos registrados, la experiencia histórica demuestra que sus efectos devastadores pueden reducirse de forma drástica mediante la apertura del comercio internacional y la preparación logística. Aunque factores como la sequía en el hemisferio norte y la perturbación en el transporte de granos en el mar Negro han vuelto a presionar los precios globales de los alimentos, la verdadera vulnerabilidad de las poblaciones no radica en la ferocidad del clima, sino en la falta de previsión y el aislamiento comercial. Mientras que el evento de 1877-1878 provocó unos 50 millones de muertes, en el de 1997-1998 las víctimas cayeron a aproximadamente 22 000 gracias a la mayor capacidad estatal y a la liberalización de los mercados, que permitió a países afectados importar alimentos rápidamente para estabilizar sus precios y evitar hambrunas.
Dado que las fluctuaciones climáticas de El Niño son asimétricas —generando sequías en unas regiones y mayor rendimiento o precipitaciones en otras—, el libre comercio funciona como un mecanismo de compensación natural entre la producción y el consumo global. Casos como el de Centroamérica o el norte de Brasil, que enfrentan pérdidas en cultivos de maíz y soya, pueden contrarrestarse con excedentes de producción en Argentina y el sur brasileño si los gobiernos evitan caer en impulsos proteccionistas. Por ello, ante llamados preventivos de organismos como la FAO y el Programa Mundial de Alimentos, la clave para mitigar la crisis no reside en restringir los mercados, sino en reforzar la inversión en sistemas de alerta temprana, la respuesta ante emergencias y el flujo constante de insumos y alimentos a nivel internacional.
Fuente: Diario Gestión, pág. 22, 8 de setiembre del 2026.